Una vez descubierta mi celiaquia, adherida a la dieta sin problemas, comprobado que la celiaquia no es el eje de mi vida y que he mandado a la mierda al gluten, puedo decir que mi pareja es un santo. Y supongo que vosotros os uniréis a esta afirmación en cuanto leáis lo siguiente.
Tengo una pareja que respeta casi más que yo la dieta celiaca. Que se ha convertido en un verdadero experto en la cocina sin gluten y que sólo verlo sacar el paté del envase con cuchara me “pone burra”, como decía una compañera de un trabajo anterior que ya no sé donde para.
¿Por qué con cuchara? No sé como haréis vosotros, pero para evitar la contaminación cruzada él saca el paté con la cuchara del bote y para que no toque su pan lo unta con su cuchillo y así comemos los dos del mismo, porque la crisis aprieta y no estamos para tirar dos medios botes de paté.
¿Y CON LOS ESPAGUETI?
Y qué me decís cuando veis a vuestras parejas comer espageti sin gluten, que parece que es fideguá, porque se rompen todos, mientras dice que “tampoco se nota tanto”. En ese momento es que me lo comería enterito. Ñam, Ñam.
Y cuando se acaba tu hamburguesa del MacDonalds porque ya no puedes más, y mira que el pan no está nada mal, y le ves que se atraganta porque no le pasa (cuando se enfría no hay marcha atrás) e intenta disimular con un sorbo de medio refresco.
SANTAS PAREJAS
Si es que los celiacos tenemos suerte hasta en eso, en la pareja, que la sabemos elegir como nadie: aguantan gritos cuando usan el mismo cuchillo para cortar el pan con gluten y el sin gluten. Horas en el supermercado cuando nos apetece “algo diferente” (esta es mi frase preferida) y miramos y remiramos cientos de etiquetas para ver si el producto es apto. Interrogatorios a los camareros en los restaurantes que al final nos tachan de raritos repelentes y nos sirven con desgana.
Propongo instaurar el día de las parejas celíacas. Porque se lo merecen, si señor, que todos los santos tienen su día en el calendario.